Detectar señales, fortalecer vínculos y actuar a tiempo puede ser tan importante como saber responder cuando la violencia ya comenzó.
Los recientes episodios de violencia grave registrados en planteles educativos mexicanos han vuelto a colocar la seguridad escolar en la conversación pública. Lo ocurrido en Coahuila y Querétaro es lamentable y debe analizarse con seriedad, pero también con prudencia.
Sería equivocado interpretar estos acontecimientos como evidencia de que nuestras escuelas se han convertido en lugares inseguros. También lo sería considerarlos simples hechos aislados de los cuales no hay nada que aprender.
La pregunta que puede resultar más útil es otra: ¿qué podemos hacer antes de que una situación de violencia llegue a convertirse en una emergencia?
Porque la seguridad escolar no comienza cuando llega la policía. Empieza mucho antes.
Una investigación elaborada por Víctor Manuel Sánchez Valdés, investigador de la Universidad Autónoma de Coahuila, documentó mediante fuentes periodística s 157 incidentes relacionados con armas de fuego en escuelas mexicanas entre 2000 y septiembre de 2026; 31 de ellos ocurrieron durante 2026. [1]
El dato requiere contexto. No significa que en México hayan ocurrido 157 tiroteos escolares. El registro comprende distintas modalidades de incidentes relacionados con armas de fuego y, además, no incluye necesariamente otras expresiones graves de violencia cometidas con armas blancas u otros medios. [1]
También muestra una distribución muy desigual entre las entidades. Por ello, un acontecimiento grave ocurrido en un estado no debería interpretarse automáticamente como evidencia de un problema estructural de violencia escolar en esa entidad.
Un incidente debe generar aprendizaje institucional, no estigmatización.
Después de una agresión grave es natural buscar explicaciones: bullying, problemas familiares, salud mental, redes sociales, aislamiento, drogas o exposición a contenidos violentos.
El problema es que la violencia juvenil rara vez puede explicarse mediante una sola causa. La experiencia internacional ofrece una lección importante. Después de estudiar 41 ataques dirigidos contra escuelas de educación básica y media ocurridos en Estados Unidos entre 2008 y 2017, el National Threat Assessment Center del Servicio Secreto concluyó que no existe un perfil único del atacante escolar. Encontró combinaciones diferentes de situaciones personales, familiares, sociales y escolares. [2]
Esto importa porque prevenir no significa buscar estudiantes que “parezcan peligrosos”. Significa observar comportamientos y circunstancias.
En los 41 casos estudiados, todos los agresores habían mostrado previamente algún comportamiento que generaba preocupación y, en la mayoría, otras personas conocieron información relacionada con sus intenciones antes del ataque. [2]
Naturalmente, estos resultados corresponden a una muestra estadounidense y no pueden trasladarse automáticamente a México. Pero sí dejan una enseñanza útil: en algunos casos existen señales previas que pueden convertirse en oportunidades de intervención.
Una amenaza escrita, una agresión recurrente, determinados mensajes en redes sociales, un conflicto que escala o un cambio preocupante de comportamiento no necesariamente significan que un estudiante cometerá un acto violento. Pero sí pueden significar que algo necesita atención.
No basta con que un maestro, compañero o familiar detecte una señal. Tiene que existir un mecanismo para comunicarla y, sobre todo, alguien con capacidad para evaluarla.
La prevención moderna de la violencia escolar ha avanzado precisamente hacia equipos multidisciplinarios de evaluación y gestión de amenazas, integrados, según las circunstancias, por personal educativo, psicología, trabajo social, salud y seguridad. Su función no consiste en criminalizar estudiantes ni aplicar automáticamente sanciones, sino en determinar qué está ocurriendo, qué nivel de riesgo existe y qué tipo de apoyo o intervención resulta adecuado. [3]
No todas las señales representan una amenaza, pero todas las señales relevantes merecen ser escuchadas.
Muchas veces los estudiantes saben antes que los adultos que un compañero está siendo acosado, que existe una amenaza, que circula determinado mensaje o que alguien atraviesa una situación preocupante. Para que esa información llegue a quien puede ayudar, el alumno necesita saber a quién acudir y confiar en que será escuchado.
Aquí adquiere relevancia el concepto de conexión escolar. El CDC utiliza este término para describir la percepción del alumno de que los adultos y sus compañeros se preocupan por él, lo valoran y lo apoyan. La evidencia relaciona una mayor conexión con la escuela con menores niveles de experiencias de violencia y otras conductas de riesgo. [4]
Una cámara es seguridad. Un control de acceso también puede serlo. Pero un maestro que observa, un compañero que se atreve a hablar, una familia atenta y un orientador que sabe cómo intervenir también forman parte de la infraestructura de seguridad de una escuela.
México ya comenzó a responder institucionalmente a los acontecimientos recientes. El Gobierno Federal anunció la integración de un grupo de trabajo con participación de la SSPC, SEP, Centro Nacional de Inteligencia, Agencia de Transformación Digital, Consejería Jurídica e instituciones académicas, orientado a fortalecer la prevención, detección temprana y respuesta ante conductas que puedan derivar en violencia. [5]
Es un paso relevante. La oportunidad está en llevar esa lógica hasta cada comunidad escolar mediante protocolos sencillos, canales confiables de reporte, capacitación para docentes y familias y mecanismos claros para determinar cuándo una situación requiere acompañamiento educativo, psicológico, social o una intervención de seguridad.
Para Querétaro, como para cualquier entidad con capacidades institucionales consolidadas, los acontecimientos recientes pueden servir para revisar, aprender y fortalecer preventivamente lo que ya existe, sin que ello implique asumir que existe una condición excepcional de violencia escolar.
Las instituciones sólidas no son aquellas en las que nunca ocurre un hecho adverso. Son también aquellas que tienen capacidad para aprender de él.
No necesitamos transformar nuestras escuelas en instalaciones de alta seguridad ni generar ambientes de sospecha entre los alumnos.
Necesitamos comunidades escolares capaces de observar, escuchar, comunicar, evaluar e intervenir oportunamente. Eso requiere corresponsabilidad entre autoridades educativas, familias, instituciones de salud y seguridad, docentes y los propios estudiantes. No para trasladar a la sociedad una responsabilidad que corresponde al Estado, sino para ampliar su capacidad preventiva.
Ninguna estrategia eliminará completamente el riesgo. Pero hay una diferencia considerable entre esperar a que la violencia ocurra y construir mecanismos capaces de reconocer que algo no está bien.
Una escuela segura no es solamente aquella que sabe qué hacer cuando comienza una emergencia; es también aquella que ha desarrollado la capacidad de actuar antes de que la emergencia ocurra.
Y quizá ahí se encuentre una de las reflexiones más importantes que nos dejan estos acontecimientos: en seguridad escolar, algunas de las decisiones que pueden evitar una tragedia se toman mucho antes de que alguien tenga que marcar al 9-1-1.
*Miguel A. Contreras es consultor en Seguridad Ciudadana y Sistema Penitenciario.
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Fuentes consultadas
1. Sánchez Valdés, V. M. (2026). “Récord de ataques armados en escuelas de México en 2026”. Grupo Animal. Fuente
2. U.S. Secret Service, NTAC. Protecting America’s Schools: A U.S. Secret Service Analysis of Targeted School Violence. Fuente
3. University of Virginia, Youth Violence Project. Virginia Student Threat Assessment Guidelines Research. Fuente
4. CDC. School Connectedness and Youth Risk Behaviors. Fuente
5. SSPC, Gobierno de México (2026). Grupo de trabajo para fortalecer la prevención de la violencia en entornos escolares. Fuente
Fecha de publicación: 16/10/2026