Al menos una vez por semana me entero de un nuevo caso relacionado con algún administrador de condominio. Las situaciones varían: desde malas prácticas, manejo inadecuado de fondos, actitudes poco profesionales, deficiencias en el servicio, hasta incluso conductas fuera del marco legal.
Ante estos casos, mi primera reacción es siempre la misma: ¿realmente se trata de un administrador profesional, o simplemente de alguien que dice serlo? Porque ahí comienza el origen del problema.
¿La asamblea, mesa directiva o comité de vigilancia revisó su currículum?
¿Confirmaron si pertenece a alguna asociación o colegio del gremio?
¿Verificaron si cuenta con certificaciones mínimas que respalden su conocimiento y experiencia?
Si la única razón por la que lo contrataron fue porque su precio "se ajustaba al presupuesto", entonces la respuesta es clara: obtuvieron lo que pagaron.
La creación de asociaciones, y en particular del Colegio de administradores AGV surge precisamente para fortalecer al gremio, profesionalizar a quienes ejercen esta labor y brindarles herramientas, formación continua y actualizaciones para un ejercicio ético y competente.
Un administrador profesional debe regirse por un código de ética claro. Por ejemplo: "No usaré los fondos del condominio en beneficio propio". Pero la ética no sólo es responsabilidad del administrador: también lo es de los condóminos al momento de contratar. Contratar a un profesional no siempre será la opción más económica, pero sí es, sin duda, la más responsable.
*Anahi González es Presidenta Colegio de administradores AGV en Querétaro