El lunes 2 de marzo de 2026, en la apertura de los mercados, se sintió como si alguien hubiera cambiado las reglas del juego sin avisar.
Pantallas en rojo. El crudo Brent escalando rápidamente por encima de los 82 dólares, con advertencias de Wall Street apuntando a los 100 dólares por barril. Titulares que, en tiempos normales, sonarían a película: Estados Unidos e Israel lanzan una ofensiva mayor contra Irán, Teherán cierra el Estrecho de Ormuz en represalia, y Washington anuncia escoltas militares para los buques mercantes.
Y cuando eso pasa, el mundo no entra en pánico por el romanticismo geopolítico. Entra en pánico por una razón simple: el petróleo no es un commodity más, es el “sistema operativo” de la economía.
Transporte, alimentos, logística, inflación. Todo pasa por ahí.
Si el Estrecho de Ormuz, por donde transitan alrededor de 20 millones de barriles diarios (cerca del 20% del consumo mundial), se vuelve impracticable, el precio no sube solo por “miedo”. Sube porque el mundo se queda sin ruta. El pánico logístico es real: las primas de seguros marítimos contra riesgos de guerra ya se han disparado, encareciendo los tránsitos en cientos de miles de dólares.
Entonces la pregunta lógica es: ¿Siendo Estados Unidos, cómo te metes a una guerra que puede incendiar Ormuz sin tener un Plan B energético?
Y aquí es donde Venezuela entra como prólogo.
El 3 de enero, Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro en Caracas. Después vino algo menos visible para el público, pero vital para el mercado: la reconfiguración del petróleo venezolano bajo control y licencias de la OFAC (como la 46A y 47).
Los números ya lo reflejaban en febrero, con exportaciones de 800 mil barriles diarios. Pero la confirmación de la jugada llegó justo ahora: este 4 de marzo, en medio del caos de Medio Oriente, PDVSA (Petróleos de Venezuela, S.A.) firmó nuevos contratos para suministrar crudo directamente a Estados Unidos, con el objetivo explícito de "estabilizar" el mercado mundial.

¿Esto significa que “Venezuela salva al mundo” si Ormuz se bloquea? No. Venezuela hoy no sustituye un shock de Medio Oriente en volumen.
Pero aquí aparece una lectura incómoda, y plausible: antes de patear el tablero en Medio Oriente, aseguras una palanca energética en tu hemisferio.
Con el cambio político en Caracas, el crudo que antes terminaba mayoritariamente en China (cerca del 75% en 2025) hoy se está redirigiendo mediante superpetroleros hacia Europa, India y la costa del Golfo estadounidense.
No puedo decirte que existe un memo que diga “primero Caracas, luego Teherán”. Eso sería guión de Netflix. Pero sí puedo decirte esto: la secuencia es real y los incentivos son obvios. Si Ormuz se complica, necesitas alternativas útiles para tu estructura refinadora y una palanca sobre flujos que antes alimentaban a tus competidores asiáticos.
El “espejismo del barril” es creer que esto se trata solo de cuánto petróleo hay. No. Se trata de quién define el acceso, la ruta y el precio.
Y una vez más queda claro que, en geopolítica, rara vez manda el discurso de los derechos humanos. Lo que manda, como su nombre lo dice, es la política de la geografía: rutas, recursos, alianzas y poder.
Más allá de los regímenes en turno, las piezas no se mueven por moral, se mueven por interés. Y casi siempre, detrás de cada nueva configuración, hay un cálculo económico que termina pagándose en precios, inflación y tensión social.
*Gerardo Coronado Benítez es cofundador de Taskers Pro AI, empresa dedicada a democratizar la IA para emprendedores. Es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad del Valle de México (Campus Querétaro) y cuenta con un MBA con especialidad en administración de inversiones por Widener University, además de una especialidad en IA Generativa y Automatización Empresarial por la Universidad Europea de Andorra.